POBRECITO POETA QUE ERA YO Ver más grande

POBRECITO POETA QUE ERA YO

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Pobrecito poeta que era yo (1976) se publicó en Costa Rica en el medio de la zozobra. Hacía un año, a su autor, el salvadoreño Roque Dalton García (1935-1975), lo habían asesinado sus propios compañeros de armas

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30,00 €

Ficha técnica

ISBN-10(13)978-84-96687-29-5
Fecha de publicación2007
Número de páginas510
IdiomaCastellano

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Por ese crimen atroz, parecía de inmediato que la novela nos ofrecía el testamento global del autor fallecido. Su publicación coincidía con el homenaje que Casa de las Américas editaba bajo el título de «Para Roque: el turno del ofendido» (enero-febrero de 1976). Varias premisas defendían la idea de un testamento. Justificaba la tesis el prestigio que gozaba la novela sobre la poesía. En su madurez, el poeta había rebasado el verso para experimentar con formas narrativas más complejas. Un argumento bajtiniano estaba a la obra. Cada capítulo retrazaba la voz de un miembro privilegiado de su generación. Alvaro era Alvaro Menén Desleal; Roberto, Roberto Armijo, etc. La generación entera se reunía al unísono en el centro mismo de la novela,»Todos. El party». Dalton nos había legado una sinfonía sin precedente en la literatura salvadoreña. En Pobrecito, el ejercicio poético se volcaba hacia la polifonía plena. Sin embargo, el tiempo probaría que su herencia era aún más compleja. Nadie había tenido acceso al archivo del poeta ni recopilado su herencia dispersa. Varios países habían acogido su obra iconoclasta y mordaz. Un estado de ánimo, Cuba, había dado cabida plena a su humor sin medida. No bastaba asentar su compromiso político. Debíamos también reparar en su propia duda, «soy marxista y me como las uñas»; inundarnos de su espíritu desacralizador, «nunca he podido controlar la risa». Sólo al esbozar su compleja figura, podríamos evaluar el sentido de la novela y su legado integral. Pero ésos eran los días de nuestra eterna juventud. Los tiempos no estaban ni para pesquizas literarias ni para reflexiones dudosas. Hacia la derecha la represión arreciaba; hacia la izquierda reinaba la utopía. Con sutil inocencia y esperanza, cuántos no abrazaban las palabras proféticas que coronaban el testimonio de Miguel Mármol. Mirar de frente la tierra prometida, aunque los escuadrones acecheran día y noche. «Ver realizado mi mayor anhelo: la revolución socialista en El Salvador -yo sé que se cumplirá- con verlo funcionar una semana me bastaría». Vislumbrar la tierra prometida y luego «morir contento». Tal era el obstáculo con el que la utopía ceñía la acción represora del régimen. Prólogo de Rafael Lara-Martínez

NARRATIVA. NOVELA

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